Aquella mañana me desperté con el estómago revuelto. No recuerdo que fue lo que soñé, pero sin lugar a dudas tubo que ser algo premonitorio de lo que más adelante iría sobre viniendo. Sin duda fue ese sueño que no puedo recordar lo que me provocó el malestar… Pero en aquel momento deduje que me había entrado frío mientras dormía.
A duras penas me levanté y me dirigí a la cocina. Tras cinco minutos abriendo cajones al azar de modo distante y pensativo, llegué a la conclusión de que no me apetecía desayunar nada y me dirigí a la ducha arrastrando las piernas. Puse el agua caliente al tope y le di algo de tiempo al calentador del agua. Me encantaba ducharme. Adoraba sentir el agua caliente recorriéndome la espalda y las piernas. El placer de acariciarme el pelo mojado. Hacer gárgaras mientras las gotas me salpican. Recuerdo aquella placentera ducha como si fuera ayer…
Escogí para salir a la calle unos pantalones marrones oscuros de pana, una camiseta de color hueso con manchas (como dispuestas al hacer) de una tonalidad tostada y una americana verde oscura a cuadros. Sobre el conjunto, me puse un guardapolvo largo y gris. Tomé el maletín del trabajo y salí a la calle todavía dormido.
Hacía una mañana agradable de marzo. Era uno de esos días en los que la temperatura es suficientemente fresca para despertar el ánimo, pero no tan fría como para que resulte molesto tener las manos fuera de los bolsillos. Gente de todas las edades caminaba en todas direcciones sumidos en sus propios pensamientos o charlando con otros viandantes.
Me senté en la marquesina a que llegara mi autobús como cada día…
Y entonces ocurrió. Primero fue un ruido aparentemente lejano que se iba convirtiendo a gran velocidad en un zumbido peligrosamente cercano. Al girarme pude ver como un avión caía sobre la calle con uno de sus motores ardiendo y venía directamente hacia la marquesina. No sabría decir cuanto pudo durar el segmento de tiempo que separó el instante de reconocer a la nefasta máquina que caía sobre mí, del instante en que reventé como un mosquito contra el cristal de un autobús. Sólo sé que el miedo me paralizó y fui incapaz de moverme. Me sentí como un conejo ante los faros de un coche en la carretera.
Lo siguiente que recuerdo fue su voz.
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