Este es un cuento que me gustaría publicar algún día, en un recopilatorio con todas las tonterías que escribo. Algo que nadie leería.

Siempre he pensado que si hay un momento para la magia, ese momento está en la madrugada. En la profundidad de las noches mas frías. No de cualquier forma, por supuesto, y no para cualquier persona. Seguramente sea necesario que uno camine en soledad bajo el cielo mas raso. Es en ese momento, cuando las calles están desiertas, las estrellas rielan y el viento acompaña con su lejano murmullo, puede encontrarse la magia. Pero solo si la busca uno con la atención adecuada.
Yo siempre lo sospeché. Lo sospeché desde hace muchos años. Cuando era niño, los cuentos y la fantasía me traían loco. Devoraba con avidez cualquier género fantástico, incluso el terror, que me hizo pasar mas de una noche en vela. Y mas de dos. Adoraba las ilustraciones. Animales engalanados como personas de alta cuna, duendes, hadas y terribles criaturas mitológicas. La fantasía me maravillaba. Quizás toda esta experiencia me sirvió de gran ayuda hace algunos de meses, durante el transcurso de un suceso que dio un vuelco a mi vida, y que voy a relataros a continuación. Lo contaré tal y como yo lo sentí vivido. Y que lo creáis cierto o no, es una cuestión que se escapa de mi responsabilidad. Empieza así.
Volvía hacia mi casa. Ya eran casi las seis de la madrugada. Pero no os creáis que el cielo empezaba a clarear, nada mas lejos. Era la madrugada del uno de enero, la primera madrugada del año. Y en mi ciudad, en esas fechas y a las seis de la madrugada, el cielo se pone tan oscuro como la boca del lobo. Además, hacía mucho frío, un frío terrible. Yo caminaba hecho un adefesio. Con los brazos cruzados y apretados contra el pecho para mantener el calor, y disfrazado de cowboy. Sí. Aunque parezca raro de creer, esa era mi situación. La explicación es que en mi ciudad se celebra la llegada del año de esa forma. Con disfraces.
En concreto, de mi disfraz de vaquero, poco quedaba ya. Con el ir y venir de las copas, había perdido el sombrero, la pistola y hasta la placa de sheriff. Por lo demás, caminaba lento, casi apesadumbrado. El efecto del alcohol estaba comenzando a remitir, cada vez veía con mas claridad, pero la cabeza me dolía un poco. Sin contar que debido a todo el humo que había ingerido aquella noche, y a las horas que había pasado bailando y charlando, me hallaba un tanto exhausto.
En concreto, de mi disfraz de vaquero, poco quedaba ya. Con el ir y venir de las copas, había perdido el sombrero, la pistola y hasta la placa de sheriff. Por lo demás, caminaba lento, casi apesadumbrado. El efecto del alcohol estaba comenzando a remitir, cada vez veía con mas claridad, pero la cabeza me dolía un poco. Sin contar que debido a todo el humo que había ingerido aquella noche, y a las horas que había pasado bailando y charlando, me hallaba un tanto exhausto.
Así, movido por la fatiga, fui a sentarme a la entrada de un portal, para recobrar el aliento y poder seguir con mas fuerzas después. Me senté, estiré las piernas, moví los tobillos y traté de calentarme frotándome los antebrazos. Nadie caminaba ya por la calle. Tampoco vi pasar ningún taxi. No había luces en las ventanas de los pisos. Tan solo la luz de las farolas llegaba hasta el empedrado. Entonces, de entre los coches que se hallaban aparcados frente a mí, creí ver una sombra. Como una criatura pequeña y veloz que se desplazaba por entre las ruedas.
Extrañado, me levanté y me acerqué lentamente, muy lentamente. Al agacharme para mirar bajo el coche en el que creía que se escondía la misteriosa criatura, vislumbré dos ojos brillantes, grandes, que refulgían con el brillo de las farolas y me miraban. Yo retrocedí un par de pasos, movido por la sorpresa. Y entonces, con un leve y melódico maullido, un felino salió de debajo del coche. Era un gato grande, muy grande. Era pardo, marrón, y atigrado con rallas doradas. Frente a mí, como si quisiera impresionarme, dio unos pocos pasos. Lo hizo lentamente y bien erguido, con mucha soberbia y maestría. Era, sin lugar a dudas, un animal muy refinado. Tal vez por eso me confié y pensé que no era peligroso. Me acerqué y me agaché para ponerme a su altura. El gato también se acerco a mí, y entonces yo lo acaricié con mucha suavidad. No se porque lo hice. Probablemente aún estaba un poco ebrio y eso me hizo perder toda precaución. Aunque aún hoy, el recuerdo de aquellos ojos felinos, me hace sospechar de algún tipo de hechizo.
En cualquier caso, cuando toqué al animal, su rostro cambió por completo. En un abrir y cerrar de ojos, su pelo se erizó, enseñó unos pequeños pero afilados colmillos y con un terrible bufido, saltó a mi brazo derecho. Yo apenas tuve tiempo de reaccionar, traté de retroceder una vez mas, hice un par de aspavientos y cuando me quise dar cuenta, noté los dos colmillos puntiagudos del animal clavándose en mi piel. Solté un grito de dolor y tras un breve forcejeo, conseguí lanzar al gato unos metros mas allá. Él desapareció tras una esquina con un maullido lastimero. Pasmado, sorprendido y dolorido, volví a sentarme a la entrada del portal. Lo primero, pensé, es sopesar los daños. Me quité la cazadora y me remangué la manga de la camisa. Aquello tenía mala pinta. Había mucha sangre y se notaba que el ataque había ido en serio. Las pulsaciones se me habían disparado pero mi mente aún estaba algo dormida y no funcionaba a un ritmo normal. Pensé en dirigirme al hospital mas temprano. Tenía miedo a una infección, un contagio o algo peor. Me levanté y sin ser aún plenamente consciente de lo que acaba de pasar, comencé a andar.
Anduve durante quince minutos, quizás veinte, apretándome la herida levemente. Sentía que cada vez tenía mas frío, y que a cada segundo estaba mas cansado. Caminaba y caminaba, algo desesperado, y entonces, al cruzar una esquina... Vi la luna. Llena. Blanca. Inmensa. El cielo estaba raso, las estrellas brillaban con fuerza. Y la luna, de la que no me había percatado hasta ese momento, reflejaba la luz mas blanca que podáis imaginar. Un escalofrío severo recorrió todo mi cuerpo.
Cuando amaneció yo estaba en lo alto de un tejado, completamente desnudo. El sol estaba alto en el cielo, había alguna nube, y debajo, unos cuantos metros mas abajo, la ciudad ya había despertado. Las bocinas, el gentío de los bares, los motores de los coches. Todo transcurría con normalidad. Yo me sentía francamente bien, como recién despertado de un hermoso sueño. Sí, lo poco que quedaba de noche, la había pasado convertido en gato. Los recuerdos de aquella extraña trasmutación están algo diluidos y borrosos en mi mente, pero os aseguro que fue una gran experiencia. Corrí por las calles, perseguí ratones, insectos. Escalé con habilidad muchos obstáculos y fui a parar a los lugares mas hermosos e inaccesibles para los hombres. Ahora, con cada luna llena, vuelvo a transformarme, y entonces salgo de casa a recorrer las calles. Mi disfrute dura tan solo una noche, y a la mañana siguiente, siempre me encuentro embriagado del mas absoluto bienestar. Como dije antes, que me creáis o no, depende de vosotros.
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